La orfandad
O sobre cómo encontré lo divino
Nietzsche mató a Dios, y desde muy pequeña, yo también aprendí a hacerlo. Aquel Hombre severo, encerrado en grandes catedrales y en la negrura de las sotanas, ante el que todos nos debíamos (y debemos aún, según quién) arrodillar y arrepentir, era una figura que solo aprendí a temer. ¿A qué mente inocente y aún tierna no le iba a asustar una figura como aquella? Un ser superior, invisible, que te perseguía donde fueras y que llevaba la cuenta del mal que habías hecho para después retribuírtelo a base de fuego en el infierno.
Estaba aterrada. Pero yo, aun así, le buscaba. Había en mí un deseo irrefrenable de encontrarle. Unía mis pequeñas manos, con los labios sellados en una plegaria, y rezaba y suplicaba que me hablase. Pero sucedía que, como ya escribió Sylvia Plath: “I talk to God, but the sky is empty”. No supe encontrarle, y el silencio solo reforzó su ausencia.
Con los años, aquella distancia insuperable se amplió a través de los actos humanos: no había un día en que algún asesinato, alguna violación o algún crimen impensable no abriera los telediarios. Guerras, niños malnutridos, desastres ecológicos… ¿Dónde estaba Dios en todo aquello? ¿Por qué aquel Hombre Superior al que me habían enseñado a temer por decir una mentira no castigaba actos mucho peores, mucho más salvajes e inhumanos?
Así pues, aprendí a saberme sola en este mundo. A mirar al oscuro y denso cielo nocturno y saber que, tras la danza rítmica de los astros, no había nadie mirando. Nadie a quien temer. Nadie a quien acudir.
Sin embargo, a pesar de este abandono y del paso de los años, ha habido algo que nunca he sabido matar: una luz, una certeza, un conocimiento hondo y subliminal en algún lugar muy profundo de mí. Un deseo de pertenencia y, a la vez, una consciencia de esa pertenencia ya existente, independientemente de lo que hiciera, pensara o creyera. Para mí, aquel Hombre implacable que nunca fui capaz de invocar había muerto, pero Dios no lo había hecho.
Siempre he sabido de alguna forma que, el día en que la materia que compone mi cuerpo caiga, la esencia, la luz que hay en mí volverá a su origen. Siempre he sabido que no somos únicamente un mero trozo de carne atravesado por impulsos eléctricos, que hay algo más que tal vez la ciencia, que camina en pañales en este tema, aún no sepa explicar. Y sé que puede sonar irracional, incluso absurdo, pero es una certeza que he sido incapaz de extirpar de mí, por mucho que haya tratado de diseccionarla a base de lógica.
Así, perdida la imagen de Dios-Hombre, solo quedaba encontrar a Dios. Y lo encontré. Lo encuentro aún cada día, ahora que sé cómo y dónde buscar.
En la exacerbadísima era digital en la que vivimos el ser humano ha perdido muchas capacidades: la de concentrarse, la de vivir con calma y también la de encontrar a Dios. Porque ya no tenemos tiempo de nada. No tenemos tiempo de leer, no tenemos tiempo de dar un paseo sin llevar a rastras el omnipresente apéndice rectangular, y no tenemos tiempo de observar la vida.
La Vida.
Un árbol que mece sus ramas, el petirrojo que canta en ellas, la brizna de hierba que se rebela y empuja el cemento para abrirse paso hacia el sol. Dios es omnipresente, pero no como mi profesor de catequesis me hacía creer. Dios es omnipresente porque está allá donde se abra paso la vida. En cada pequeño ser vivo, en cada ráfaga de viento, en cada acto de bondad desinteresada. Hoy sé que contemplar el mundo es contemplar a Dios. Que sentarse en silencio y abandonarse a la plena contemplación de la Naturaleza es estar en su presencia.
Somos parte de Él porque somos parte de este mundo. Solo abandonando el ruido, los ropajes de importancia con los que nos envolvemos cada día, podremos recuperar lo que es sencillo. Solo desde ahí encontraremos esa Luz, capaz de resonar con la que todos llevamos dentro.
María Magdalena arrepentida, Gustave Doré.



