La cercanía de Schrödinger
O cómo las relaciones han dejado de ser lo que eran.
A lo largo de los años he ido deambulando por distintos rincones de Internet, compartiendo mi día a día y leyendo lo que compartían en sus perfiles mis amigas ―o incluso haciendo amistades nuevas―. Pero a raíz de que Twitter se viniera abajo (introducir aquí imagen de Elon Musk), no tardó mucho en haber un éxodo a otras redes sociales. La mayoría de mis amigas y conocidos se mudaron a Bluesky, aunque no todos. Ahí perdí la pista de algunas personas, quizá no tan cercanas, pero a las que sí me gustaba leer. Con el tiempo, viendo que Bluesky tampoco terminaba de cuajar, otras tantas personas cercanas abandonaron esa red y probaron suerte en Threads. Y yo, que llevo regular los cambios, decidí no abrirme más cuentas porque sabía que no iba a ser capaz de dar abasto, que tres o cuatro sitios son muchos sitios cuando una escribe un post diminuto una o dos veces a la semana. Y así perdí de vista a otro porcentaje de mi círculo cercano.
Y pensaréis: tan amistades no serían si la cosa se enfría por no seguiros en redes. Pero la cosa es que tengo amigas repartidas por las cuatro puntas del país y que, por desgracia, no puedo verlas ni escribirlas tanto como a mí me gustaría. Así que las redes eran el espacio perfecto para estar al día las unas de las otras, para enterarme de sus nuevas lecturas, de cómo les había ido el día, de si todo iba bien o si transitaban una época difícil. Y ahora, que parece que estamos en todas partes y en ningún lugar al mismo tiempo, eso es algo que ya no tengo.
Yo misma me debato a menudo entre deshacerme de todas mis redes o mantenerlas, o incluso me siento tentada de repente por la idea de abrirme alguna nueva. Porque las redes sociales nos acercan a los demás, sí, pero también drenan la poca energía que nos deja el vivir arrastradas por la vorágine del sistema. Y me digo a mí misma que no necesito redes para estar con mis amigas, que siempre quedará enviarse algún mensaje o incluso alguna carta, como hacían nuestras abuelas. Pero tan pronto como pienso en borrar mi huella de Internet, me sobreviene la sensación de que esa decisión también supone desaparecer de sus vidas. Alejarme, distanciarme de ellas más aún de lo que ya de por sí me distancian los kilómetros que nos separan. Hoy en día, existir fuera de Internet se asemeja mucho a no existir.
Las redes sociales son espacios abarrotados, espacios en los que, sin importar el momento del día, lo más probable es que en cuanto refresques la página, ya haya un puñado de mensajes o posts nuevos. Espacios en los que nunca vas a estar sola. Y, sin embargo, sin esas amistades a las que seguir la pista, sin sus voces ni sus rutinas, son espacios que no puedo evitar percibir con frialdad. Vacíos. Sin el calor de su presencia, acompañada solo por el ruido de anunciantes y de una inteligencia artificial que, cada vez más, lo arrasa todo con una fuerza galopante, ¿de qué sirven esos espacios?
¿Cómo puede ser que, en la era de la hiperconexión, una se sienta más sola que nunca?



